martes 20/10/20

'Alea iacta est'

"En el año en que se cumplen nada menos que 40 de la constitución de los ayuntamientos democráticos, sería pertinente reflexionar sobre cuáles son los límites que diferencian el noble ejercicio de la política del camorrismo tabernario"

El aserto se le atribuye a Julio César cuando las tropas romanas se disponían a cruzar el mítico río Rubicón. En todo caso, todo queda a la fe de cada cual, pero el alea iacta est ha quedado como recurso para, por ejemplo, dar por finalizada una campaña electoral. En efecto, la suerte está echada y, como suele pasar en cada cita con las urnas, cabe plantearse si quince días, en estos tiempos de inmediatez gracias a las nuevas tecnologías, no son muchos días. A menudo dan para demasiado y no siempre, o casi nunca, edificante.

No iba a ser menos una comarca en la que el juego sucio, el cruce de denuncias ante la Junta Electoral, ayer mismo se daba cuenta de una contra el alcalde de Huércal-Overa que había prosperado por publicitar sus logros (a buenas horas) y, por qué no decirlo, las prácticas bochornosas de algunos para rascar apoyos han superado con creces lo deseable.

Acaso, en el año en que se cumplen nada menos que 40 de la constitución de los ayuntamientos democráticos, sería pertinente reflexionar sobre cuáles son los límites que diferencian el noble ejercicio de la política del camorrismo tabernario. El pasado día 22, con motivo del Pleno en el que se escenificaba el frente común en el Ayuntamiento de Carboneras contra las descargas de hierro en el puerto, fue un ejemplo a tener en cuenta por los representantes públicos de un lado y de otro.

Sabido es que los excesos dialécticos y las rondas de los candidatos al final recaen en el bolsillo de los de siempre. Gástese lo que se ingresa por impuestos, pero hágase de manera sensata y pulcra con el bien común como objetivo

Se trataba de cerrar filas, de configurar esa unidad sin fisuras que dota de mayor fuerza las reivindicaciones, pero los partidos no se resistieron a enzarzarse en disputas que, algún día se darán cuenta, provocan un irreversible hartazgo entre la ciudadanía. Creer que insultar más y mejor implica réditos electorales es, posiblemente y a estas alturas, un error de bulto, como lo es hablar solo para el afín, buscar la palmada en la espalda al acabar el mitin cuando de lo que se trata es de aportar soluciones reales a problemas concretos.

Y hacerlo de manera creíble, no en formato carta a los Reyes Magos. Con números, luz y taquígrafos. Prometer es gratis, pagar lo que se promete no. Sabido es que los excesos dialécticos y las rondas de los candidatos al final recaen en el bolsillo de los de siempre. Gástese lo que se ingresa por impuestos, pero hágase de manera sensata y pulcra con el bien común como objetivo y no con la vista puesta en la cámara que nos retratará en los medios de comunicación para la posteridad. Los egos nunca suman.

Al final, los votos ponen a cada uno en su sitio, pero incluso ganar por una mayoría aplastante, si así fuera, no implica que tus razones sean absolutas o aplastantes. La aritmética electoral reparte responsabilidades, pero ni concede la posesión de la verdad ni dota a nadie de impunidad. Solo desde el respeto al diferente avanzan las sociedades.

En un escenario en que es más que posible que alguna fuerza que encarna los valores totalmente contrarios se haga hueco en los Plenos, conviene recordarlo más que nunca. Con estos antecedentes, que esa suerte que está echada se reparta como los ciudadanos buenamente decidan. Cuando el pueblo habla, lo demás sobra.    

'Alea iacta est'