sábado 24/10/20

Defender la alegría

De quien nació en el norte, vivió casi toda su vida en el centro y se enamoró del Sur no se puede esperar un nacionalista de manual. A Dios, o a quien corresponda, gracias. Cuando se entiende que las fronteras de la patria de uno la delimitan las barras de las tabernas, las alegrías o las penas de su gente o cuando cree que la hazaña en estos tiempos hostiles es entenderse sea cual sea el idioma, no hay nada que hacer.

Tampoco ayuda a nutrir ese fervor, tornado en estos días en ardor guerrero, que quienes más apelan a las banderas, quienes tienen que contener las lágrimas cuando escuchan un himno, quienes evocan a Pelayo o al Cid, o a sus correspondientes versiones regionales, sean luego quienes menos pudor tienen en dejar el espíritu patriotero, que no patriótico, en España y el dinero robado en Suiza. Ser español, catalán o andaluz es una casualidad que ni te hace mejor ni peor.

Lo que no es casual es buscar tu lugar en el mundo y encontrarlo. Decía Cicerón, y ya ha llovido incluso en estas tierras poco propensas a ello, que “donde quiera que se esté bien, allí está la patria” (Ubi bene, ibi patria). Sabias palabras. Es por ello, que en este Día de Andalucía, a uno, que aquí vive y aquí se quiere quedar, más que un éxtasis nacionalista, lo que le sale es dar las gracias a la luz del Mediterráneo, al pescaíto frito, a Lorca, Picasso y Camarón, por poner tres ejemplos entre tantos, a la calidez de su clima que desde tiempos inmemoriales se contagió a sus gentes, a vivir más en la calle que en casa y a defender la alegría como le hubiera gustado a Benedetti.

Defender la alegría