martes 20/10/20

La izquierda posible

"Hace ya mucho tiempo, un veterano dirigente comunista llamado Ignacio Gallego dijo aquello de “quien promete aquello que no puede hacer, no es un revolucionario, es un charlatán”. La liturgia, la performance, el gesto, el símbolo, el slogan y el cántico entretienen a corto, pero no solucionan ni a corto, ni a medio, ni a largo y está visto que ya ni como estrategia electoral funciona"

Hace muchos años, por razones laborales, acudí en campaña electoral con una candidata a la Escuela de Periodismo de El País. Uno de los alumnos, italiano por más señas, lanzó una reflexión que, por su síntesis y elocuencia, me ha acompañado siempre. “A la izquierda, vino a decir, le pides una solución y te da un plan integral”. Es obvio que toda simplificación de debates complejos adolece de falta de matices tan o más importantes que la conclusión, pero también lo es que esta objeción invita sin duda a echar una pensada.

Con motivo de las últimas elecciones municipales, el candidato socialista a la Alcaldía de Vera, en un ejercicio de autocrítica sin anestesia que debería ser obligatorio para todos, admitía sin tapujos que el mensaje, más ideológico y grandilocuente de  “futuro, de eficacia, eficiencia e igualdad” no había calado entre la mayoría social mientras que sí lo ha hecho “otro más simple, centrado en la limpieza de las calles y jardines”.

Estoy seguro de que tildar de “simple” la alternativa del adversario político no implicaba, en ese contexto, minusvalorar sus apoyos electorales. Se trataba más de ahondar en el fallo propio que de criticar las propuestas ajenas. Este revés electoral, y es muy común y sintomático, fue mayor en los barrios más desfavorecidos (también ha ocurrido en Madrid). La razón es sencilla. Si tienes a diario más problemas que el resto, reclamarás soluciones de manera proporcional. Un ejercicio de lógica que, en los comicios locales, es aplastante.

Cuanto más se divide la izquierda, más firme es en uno el convencimiento de que solo hay una imprescindible: la izquierda posible. Es decir, aquella que se compromete a hacer lo que sea factible en el escenario y en el tiempo en el que se vive

Es por ello que, cuanto más se divide la izquierda, más firme es en uno el convencimiento de que solo hay una imprescindible: la izquierda posible. Es decir, aquella que se compromete a hacer lo que sea factible en el escenario y en el tiempo en el que se vive. Que no prometa nacionalizaciones bancarias o energéticas quiméricas, rentas universales que se entierran con la misma facilidad que se pregonan, que no diga que con ella en el poder ningún desahucio se ejecutará cuando sabe, o debería, que la invasión del poder judicial es incompatible con el sistema, que vele por la memoria histórica con las energías justas para no olvidarse de que el presente está aquí y el futuro por llegar.

Que no confunda sus sueños con la realidad, que evite generar un momento de euforia mitinera a cambio de un siglo de frustración social. Que no presuma de anticlerical para no apearse de su propio catecismo sin atender al curso de los tiempos, que no engañe con expectativas vanas aunque no sea su voluntad, que no crea que llevar una camiseta serigrafiada en el Congreso para salir en la foto es el epítome de la transgresión política, que no eleve un mensaje prefabricado a presunto clamor social porque, y los votos así lo atestiguan, la credibilidad es nula y la rentabilidad política también.

Hace ya mucho tiempo, un veterano dirigente comunista llamado Ignacio Gallego dijo aquello de “quien promete aquello que no puede hacer, no es un revolucionario, es un charlatán”. La liturgia, la performance, el gesto, el símbolo, el slogan y el cántico entretienen a corto, pero no solucionan ni a corto, ni a medio, ni a largo y está visto que ya ni como estrategia electoral funciona. Está demostrado que la política, como el periodismo, no se aprende en las facultades.

La izquierda posible