martes 20/10/20

En memoria del Melo's

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Al Melo’s le sobraba el apóstrofe como a mi la panceta de la dieta. Desconozco si el objetivo en su día fue darse un aire cosmopolita a todas luces innecesario. No hacía falta viajar fuera de las fronteras de aquel Lavapiés para saber que era un paraíso incomparable. Tampoco era necesario que la Unesco lo declarara patrimonio de la humanidad y eso que en el Melos (fuera influencia anglosajona) a humanidad olía una barbaridad.

Lo que hoy es distanciamiento, entonces era literal integración hasta el punto de fundirte con otras personas, o lo que fueran, para alcanzar la barra con la punta de los dedos. Aquella pareja de stajanovistas, sin presumir de ello, elaboraba y servía por miles croquetas y zapatillas con los automatismos del Chaplin de Tiempos Modernos.

Siempre se sospechó entre los parroquianos que se trataba de un matrimonio y que, aunque uno nunca fuera testigo de ello, en buena lógica alguna vez hablaron entre sí para darse el ‘sí, quiero’.

Para alguien que, de niño, jamás memorizó a los Reyes Godos, todavía hoy es fácil enumerar sin problemas, y casi por orden de estancia, aquellos santos lugares

Melos venía a ser punto de partida en los estertores de la tarde de ese Monopoly de excesos que hoy embriagan solo con evocarlos. Para alguien que, de niño, jamás memorizó a los Reyes Godos, todavía hoy es fácil enumerar sin problemas, y casi por orden de estancia, aquellos santos lugares. Melos, Montes, con el recordado y locuaz César al frente, Donato, La Mancha, El Travelling, y su futbolín, y el Botas y su máquina de petaco y ese Larry a los mandos, patilludo y flaco hasta asustar. Esa era la ruta base.

Había excepciones como esas primeras horas de la tarde, con cita previa y chica a la vista, en el café Barbieri y la última tabaquera de la que uno tuvo constancia antes de que fuera una máquina quien te diera las gracias por envenenarte con la nicotina. O aquel Electrón, empapelado con cómics que fue uno de los primeros en caer en la batalla, o ese Avapiés en el que uno se atrevió a cantar sobre un escenario una de Kiko Veneno…. Y eso sobrio.

O ese Paquisteis en el que, de cuando en cuando, a Ramiro Penas, ex de Leño, le daba por poner música. Poca balada romántica, ya lo digo. O aquel Candela de Miguel, que se fue joven y por voluntad propia, y que nunca me dejó acceder a esa cueva flamenca de leyenda.

Cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor, pero quienes tanto insisten en mirar al futuro acaso sea porque cuando recuerdan su pasado no se les dibuja una sonrisa como un tic delator de lo que fue tu vida.  A mi todavía sí. Sé que nunca se repetirá, pero que me quiten lo reído en la única patria en la que me reconozco.  

En memoria del Melo's